miércoles, 13 de mayo de 2015

Del oficio de escribir: Quiero que me lean ¿Escribo lo que está de moda?

Recientemente estuve meditando sobre este punto, y supuse que, al igual que yo, otras personas que escriben se preguntarán lo mismo. Nuestro máximo deseo como escritores es que nos lean, que exista esa retroalimentación que nos motiva a continuar escribiendo; por más que nos repitamos una y otra vez que escribimos para nosotros mismos, eventualmente la necesidad de que esas obras salgan a la luz se manifestará, y nos encontraremos con el difícil mercado actual de los lectores.

¿Por qué es tan complicado el mercado literario? La respuesta es, en realidad, muy simple, a diferencia de otras representaciones artísticas más comunes, los libros sufren de mala fama, la razón viene desde la escuela y el hogar, en el que vemos a los libros como una obligación y no como un medio de adquirir conocimiento (incluso aunque se trate de ficción); los primeros libros de un niño son los libros de escuela, comenzamos con el “Caracolito” o el que corresponda al país de quien este leyendo esta entrada; la maestra y/o la madre empiezan a enseñarnos las palabras que se forman con la unión de las letras, esas que nos han repetido en la cartilla del ABC casi desde que nacemos, y vienen llenas de imágenes coloridas que ilustran los símbolos que construyen nuestra lengua escrita; entonces nos damos cuenta que en este nuevo libro donde salen palabras como “mamá” “papá” “bebé”, viene con menos dibujos y más palabras con más silabas cada vez, lo que implica que toda la hoja se llena de letras y por ende se vuelve aburrido, pero como es obligatorio aprender a leer y a escribir para perpetuar el sistema educativo, terminan endilgándole al niño el “DEBER” de leer, y a nadie le gusta las cosas por obligación, mucho menos a los niños.

Entonces esos pequeños arrastrarán una aversión hacia la lectura por el resto de su infancia y adolescencia, incluso en la adultez; porque ven la lectura como una obligación y no como un medio de esparcimiento. Esto convierte a los libros en un artículo de poco consumo.

Luego nos enfrentamos al hecho de que los que leen, son elitistas.

La élite de lectores se divide en géneros, a medida que el lector se adentra en el mundo de los libros y va ampliando la diversidad literaria ya no lee solo ficción sino que se sumerge en la política, filosofía, sociología, religión, psicología y demás, en pocas palabras: empieza a refinar los gustos; así nos vamos separando unos de otros, primero los que leemos de los que no, luego los que leen tal género de los que leen otro, luego de los que leen libros con contenidos específicos (no tanto como técnicos) de los que solo leen ficción, y así sucesivamente.

Esto también conlleva a que los lectores se vuelvan renuentes a leer autores independientes, consideran que una marca de calidad literaria es la editorial que soporta al autor publicado, esto sin tomar en cuenta el género; me refiero a que si alguien te ofrece un libro del género vampiro de Anne Rice y al mismo tiempo te ofrece otro pero de un autor independiente y menos conocido, el lector se va a decantar por leer primero el de Anne Rice, simplemente porque es ella, y la han publicado editoriales. Así el escritor se enfrenta al monstruo de “¿Quién es este escritor y que obra famosa escribió?”. Lamentablemente los autores independientes no cuentan con las plataformas de máxima difusión, así que como decimos acá en mi tierra: “Solo es famoso en su pueblo”

Y si todo lo anterior no fue suficiente, nos encontramos con la sociedad de consumo, ese universo de lectores “nuevos”, que se han adentrado a leer gracias a las nuevas tecnologías y al boom de la literatura “erótica” (cualquier herramienta es válida para que las personas se pongan a leer, pero por favor, de nada sirve leer si solo se va leer basura). Los autores se encuentran con un mercado de creciente tendencia genérica, con lectores que van desde los doce años en adelante, con un gusto definido por el tema romántico-sexual en cualquier presentación, lo que ha llevado a la aparición de una nueva ola de autores que se lanzan a escribir sagas de quince libros (todos iguales) y lo que marca la diferencia es que uno es de vampiros, otra  es de guerreros míticos, otra es de ángeles, o licántropos, elfos y paren ustedes de contar; trayendo como consecuencia que dichos lectores no lean nada más que eso, sin darle oportunidad a otros escritores y géneros.

Todo esto lleva al autor a plantearse la incógnita: ¿Qué escribir? ¿Escribo lo que me gusta y me lanzo a una competencia desigual? O ¿Escribo lo que está de moda, me vuelvo famoso y luego sí escribo lo que en un principio quería escribir, arriesgándome al rechazo natural por cambiarme de género y por ende, perder lectores?

Entonces comienza la lucha interna del escritor que desea escribir por amor al arte. Los lectores que hoy me obsequian un minuto de su tiempo deben comprender el por qué de esta lucha. Los libros, a diferencia de otras ramas artísticas, solo verán cumplido su fin si son leídos; otras representaciones artísticas serán percibidas de una u otra forma, pero los libros no, sin difusión un libro puede pasar al olvido con facilidad, aunque el mismo escritor se aboque a obsequiarlo y llevarlo de un lado a otro, y esto es debido al desagrado generalizado que hay contra la lectura, es probable que el destino de un libro de un autor independiente no sea otro que el indiferencia y las repisas de familia y amigos; y no es ese el destino que un escritor quiere.

¿Cómo concluir esta entrada? No lo sé, creo que estas palabras solo sirven de catarsis. Yo me decanté por un género que en Latinoamérica y en habla hispana no tiene muchos lectores a menos de que tenga un gran nombre detrás como el de Stephen King; el universo actual de lectores no se detiene mucho a pensar qué tan bueno puede ser un escritor que ha ganado un premio simplemente porque no es el género que le gusta, también me enfrento al hecho de la costumbre, la gente en general es renuente a darle oportunidad al cambio, a lo nuevo, ¿Por qué hacerlo si lo conocido le gusta y le sirve, y así sucesivamente puedo enumerarle más razones. Tal vez todo esto se deba a uno de esos episodios existencialista que todos los que escribimos sufrimos de vez en cuando, hay personas que nos planteamos constantemente los por qué.

No me queda nada más que decir, un abrazo confortable a todos los escritores que se han preguntado lo mismo que yo, y a los que no… ¡Qué suerte tienen!


Saludos.