jueves, 18 de junio de 2015

La gorgona de mi ventana. 4ta parte.

Los días siguientes los pasé dentro de la biblioteca buscando los viejos cuentos de la escuela, las  grandes enciclopedias de historia y cualquier libro sobre mitología griega que pudiese encontrar; yo recordaba que la horrorosa Medusa había sido decapitada, así qué buscaba febrilmente el nombre original de aquellos monstruos. Las noches me llenaban de horror y de espanto, iba de ventana en ventana viendo la sombra deslizarse por las paredes internas de toda la vivienda; no podía ni pensar en encender las luces de los cuartos y quedar a la deriva sin saber dónde se encontraba, así que me agazapaba en la oscuridad, leía con los cabos de las velas, desesperado que en aquella enorme biblioteca de la vieja Silvia no se encontrase ninguna alusión a la Medusa y su historia.

Un medio día en el que el calor apretaba más de lo normal, me vi en la necesidad de buscar un poco de fresco en el jardín, con un rapto de coraje, antes desconocido, me aventuré a examinar las viejas esculturas de piedra, piezas que no había detallado antes; no entendía por qué los recuerdos no venían a mi cabeza, alcanzaba a saborearlos y luego se desvanecían, pero estando allí, tan cerca de ellas, sirvieron como gatillo y desbloquearon las historias olvidadas. La Medusa volvía a todo aquel que la mirase en piedra, así que al ver todas aquellas esculturas de piedra gris, con sus rasgos demasiado reales supe que en algún momento habían sido víctimas del monstruo que me visitaba en las noches; yo me preguntaba cómo había llegado desde las costas lejanas, en tiempo y distancia, hasta estas tierras, no tenía sentido que algo que pertenecía a otra época y continente hubiese atravesado todo un océano hasta Venezuela, el mundo empezó a darme vueltas, a pesar del ardiente sol que se elevaba incólume en el cielo azul y despejado, yo sentía que mi cuerpo empezaba a sudar frío, la ansiedad subía por mi garganta como si quisiera escaparse en desgarradores y continuos gritos, mis brazos habían cobrado vida propia y conscientes del horror parecían querer escapar dejando mi cuerpo atrás, el corazón se había desbocado en mi pecho y ensordecía mis oídos.

Una ráfaga de viento caliente me sirvió de alivió en aquella soledad, me arrepentí profundamente de haber abandonado la seguridad de la ciudad de Barcelona, era mejor y más sencillos de manejar los horrores humanos. Miré hacia el laberinto de arbustos verdes que se salpicaban aquí y allá de cayenas dobles de un intenso rojo, mis pies me arrastraron por el camino de adoquines y me adentré entre los muros vivos sin mirar atrás; a veces cuando se sabe uno tan cerca del peligro le entra un valor desconocido y prefiere morir luchando que asustado e inmóvil; me encontré con la primera estatua de piedra y tragué en seco cuando vi las líneas expresivas de su rostro, un grito cortado abruptamente, las manos agarrándose la mejilla que probablemente se petrificaba antes de sentir el rasguño desesperado de las uñas, doblé en varias esquinas, sintiendo en cada trago de saliva cómo el frío miedo se asentaba en mi estomago y me lanzaba a un vacío cada vez más negro y profundo, el sol no alcanzaba a calentar esos pasillos, posé una mano trémula sobre la piedra, pude sentirla ligeramente tibia, como si aún quedaran restos de vida en ella; seguí mi camino esperando encontrarme con la terrible mujer de cabellos de serpiente, inmediatamente formulé aquel pensamiento los sonidos inconfundibles de cascabeles y el silbar de las lenguas bífidas inundaron todo el lugar, retumbaban tan fuerte y alto que comprendí que aquel lugar estaba bajo el influjo de alguna maldición antigua, me sentí como los viejos guerreros que se enfrentaron sin ningún arma a la vieja Medusa.

Cada arbusto que se movía era el anuncio de su aparición, a ratos me parecía que de las ramas de los árboles caían los cuerpos brillantes y alargados de las serpientes, juro que vi un cuerpo sinuoso moverse a ras de suelo entre la hierba, alcancé a vislumbrar unas escamas naranjas y negras que me hicieron estremecer, una sola gota de veneno de algunas serpientes podían matar cien hombres, iba a morir en medio del laberinto alcanzado por un colmillo mortífero o la maldición de la Gorgona.

Fue entonces cuando recordé la historia, Medusa no era la única, pero sí la mortal, me enfrento a la maldición de dioses antiguos que ni siquiera son los dioses de mis ancestros, desanduve mis pasos fijando mi atención en las estatuas, memorizando sus rostros y sus expresiones, sintiendo que de algún modo me iba petrificando por dentro lentamente, que ese frío demencial no era otra cosa que mis órganos convirtiéndose en piedra, tal vez esta Gorgona es tan poderosa que no necesito mirarla a los ojos para terminar convertido en roca.

Entré a la casa despacio, como si el peso de todos los años de mi corta vida se hubiesen multiplicado y caído sobre mí en solo un instante, los reflejos que me devolvieron los espejos de la casa eran los de un hombre envejecido, con el cabello cano y deslucido, con la tez pálida y apagada, con profundas ojeras y mirada desencajada.

Al caer la tarde apareció la mujer, se veía cada vez más joven y rozagante, llevaba un vestido de color marrón oscuro, caminó directo al laberinto, se perdió de mi vista rápidamente, supe que era ella, que la mujer era el monstruo que me atormentaba de noche, proyectaba la sombra de sus nefastos cabellos con la intención de torturarme.


Días después descubrí la historia, Euríale era una de las gorgonas.