viernes, 17 de abril de 2015

Bienvenido al nuevo mundo (primera parte)

Esta historia fue escrita el año pasado, con la intención de participar en el primer concurso de ciencia ficción de mi país, este fue mi primer intento de escribir en este género. Espero que lo disfruten, acá les dejo la primera parte.

Juan Felipe Casas miró a su interlocutor con la incredulidad pintada en el rostro, como reportero había visto cosas inusuales e inauditas, pero nada como a lo que se enfrentaba en ese instante.

El joven que engullía enérgicamente su perro caliente con cara de felicidad le había informado que él, junto con su colega, habían desarrollado, esparcido y curado el virus Bornaviridae Humanus.

Al principio no le creyó; quién en su sano juicio le iba a creer a un joven que comía perros calientes en medio de una húmeda y calurosa calle de Puerto Ayacucho en el Amazonas. Juan Felipe Casas se rió casi histéricamente cuando él joven lo abordó en medio de la plaza donde había estado solo media hora antes, desorientado, sucio, mal oliente y balbuceando cosas incoherentes, mientras en sus momentos de poca lucidez pedía ayuda a los transeúntes que se alejaban de él al echarle un vistazo.

―Otro perro por favor― pidió el chico, no tendría más de veinticinco años, y su acento perfectamente neutral chocaba con su aspecto marcadamente hindú. Recibió su pan con salchicha, lleno de salsas y papas fritas y le pegó un mordisco mientras se giraba hacia él  ¿No va a comer?

Juan Felipe Casas miró su mano que sostenía su propio perro caliente y la sintió poco familiar, como si esa mano con las uñas llenas de tierra no le perteneciera; la situación carecía de todo sentido lógico y le parecía más bien una muy mala broma chapucera. Había atravesado el océano atlántico persiguiendo pistas cada vez más insólitas tras la historia que lo catapultaría a la fama; un premio Rey de España, eso era lo que buscaba como mínimo, y gracias a su ambición se había visto envuelto en persecuciones, asedios, intentos de asesinato por parte de su hijo de cinco años, un secuestro en helicóptero que lo había llevado al medio de la nada en la selva amazónica, suministro de drogas alucinógenas en contra de su voluntad, danzas indígenas llenas de aborígenes desnudos que se convirtieron en sombras ígneas que parecían abrasar el denso follaje de la selva a su alrededor, tambores tenebrosos que obligaban a su corazón a saltar a ese ritmo hipnótico y por último un viaje de retorno lluvioso y oscilante a través de ese rio oscuro y siniestro que se le coló en las venas y que se prolongó por el oscuro asfalto que transitó en aquel estado soporífero y aturdido que le había quedado junto con el regusto amargo de su paladar, para terminar abandonado en medio de la plaza de la ciudad capital del estado Amazonas en Venezuela. Solo para que al final un muchachito que comía perros calientes con infantil felicidad en una esquina de la escuela salesiana Pio XI le confesara que él era la mente maestra tras la peor pandemia que había asolado a la humanidad.

Su estomago gruñó de hambre y esa sola reacción instintiva borró todas sus reservas, engulló el pan en dos mordiscos y antes de poder decir nada el perrero le tendió otro.

―Camila detesta que coma estas cosas― le susurró con una sonrisita de culpa ―dice que de qué sirve hacer todo lo que estamos haciendo si no soy capaz de resistirme a estas cosas dañinas.

Juan Felipe estaba pidiendo otro cuando lo escuchó decir eso pero no le prestó demasiada atención, su estomago parecía un ente independiente de su cuerpo que le exigía más y más comida; en tres mordisco acabó el pan y se tomó un sorbo largo y refrescante de su coca cola, soltando luego un ruidoso eructo que hizo reír al muchacho.

―Es normal que coma de ese modo― le aseguró en tono confidencial conteniendo la risa ―es parte de los efectos secundarios de la antitoxina que le inoculé cuando lo encontré hace rato. Hace que su metabolismo trabaje diez veces más rápido para que expulse los sedantes y drogas que le hicieron consumir, lo que conlleva un gasto excesivo de energía. Ya que no tengo aquí ninguna de las capsulas energizantes que inyectan vitaminas y proteínas mejoradas su cuerpo le pide comida.

El joven pidió cinco perros calientes más para llevar y pagó la cuenta, lo encomió para que se alejaran del puesto de perros calientes y bajaron caminando lentamente rodeando la plaza.

Se sentaron en uno de los bancos que parecía más solitario, resguardados bajo la sombra fresca de los arboles. Juan Felipe miraba con ansias el paquetico que contenía los demás perros calientes y él se los tendió sin muchas ceremonias, informándole que de hecho eran para él. Sintió una felicidad enorme cuando los desenrollo del papel parafinado en el que venía, en cuestión de cinco minutos se había comido todo y pescaba con sus dedos las migas de repollo, papas y salsa que habían quedados adheridas a éste.

―Como ya le había mencionado, mi nombre es Aarush Jayaprada Rujul, soy doctor en biogenética y genética molecular, yo desarrollé junto con mi compañera Camila Camelo el Bornaviridae Humanus.

―¿Por qué?― la pregunta se escapó de su boca sin siquiera haberla formulado en su cabeza.

―Hay muchas respuestas para esa pregunta, desde unas muy altruistas hasta una muy simple, llana y egoísta― le respondió mientras se sacaba del bolsillo una barra de chocolate y se la tendía― En sí lo hicimos porque podíamos hacerlo, esa fue la principal razón. Mi colega, Camila, es doctora en nanorrobotica y nano tecnología, así como también se especializó en el campo de la física molecular. ¡Es una mujer fascinante llena de ideas innovadoras!― sonrió con admiración ―ella fue la de la idea, nos tomó un par de años desarrollar el virus, a pesar de que ambos poseemos un coeficiente intelectual que sobrepasa a nuestros más famosos científicos.

―Eso no responde mi pregunta― le reprochó tras tragar el pedazo de chocolate que estaba masticando.

―Lo sé, pero tampoco es fácil entenderlo, somos una sociedad de personas egoístas, que estamos destruyendo nuestro entorno y nuestro mundo, creemos que al descubrir de qué están compuestas las cosas hemos obtenido el mayor logro científico, todo ello sin contar lo que hemos tenido que destruir para probar y comprobar esas teorías ¿Cuántas personas murieron en Hiroshima y Nagasaki solo por le vanidad de un par de científicos y las ansias de poder de un par de políticos?

―¡¡Ustedes arrasaron con casi toda la población infantil y adolescente!! – estaba completamente horrorizado, Aarush lo miró con el ceño fruncido.

―Lo hicimos para asegurar y preservar el bien del planeta y de la humanidad – le aseguró – Era un mal necesario.

―¡¿Cómo?! – estaba alzando un poco la voz y llamando la atención de un par de ancianos que miraron reprobatoriamente hacía ellos.

―Eliminando un par de generaciones corrompidas por el consumismo y la indiferencia – respondió con total naturalidad – jovencitos que estaban siendo criados bajo la premisa de que el mundo era de ellos y podían destruirlo si querían, que no tenían que hacer nada para su cuidado y su preservación porque ellos podrían salir y tomar lo que quisieran, cuando quisieran y en las cantidades que quisieran sin pensar en el futuro, sin detenerse a cavilar que se podía acabar o que había otros niños o personas en otras partes del mundo pasando hambre – Se giró y lo encaró, su aspecto juvenil se había opacado tras la expresión sombría y sería de un hombre que sabía lo que hacía y por qué lo hacía mas allá de las implicaciones morales o éticas – Tuvimos millones de niños criados por el internet, con la mentalidad cuadrada de la pantalla de sus dispositivos electrónicos con acceso a un montón de información que no usaban por flojera de analizar ¿Te has preguntado qué va a ser del mundo en diez años cuando esos niños se hubiesen convertido en adultos? ¡Nadie se ha hecho esa pregunta y se ha detenido a pensar en esas consecuencias! – se  acomodó de nuevo en el asiento y cerró los ojos como si disfrutara del sol que se filtraba entre el follaje de los arboles – Solo sacamos la fruta podrida para evitar que la nueva se pudriera.

―¡¡¡Eso no les da derecho de matar a niños y jóvenes inocentes!!! – exclamó entre dientes. Apretaba los puños con fuerza y haciéndose daño en las palmas.

―No eran inocentes – le aseguró – eran estúpidos y peligrosos ¿Acaso no ha notado el incremento de homicidios perpetrados por jóvenes entre nueve y quince años? ¿O crímenes de toda índole, como violaciones, robos, vandalismo? Los chicos se creen por sobre la ley porque sus padres les han hecho creer que están sobre ella, que nada los puede alcanzar, que son invencibles – bufó – luego vienen y culpan a la violencia de los medios ¿Dónde estaban que no controlaron lo que sus hijos veían por televisión si consideraban que estaban llenos de violencia? ¿En qué pensaban cuando compraban esos videos juegos  y no les decían que eso era ficción y que no se podía hacer en la realidad? Que esos personajes no existen, que son ficticios… ¡Usted es reportero! ¡Usted sabe de lo que hablo!

Juan Felipe Casas boqueó una par de veces intentando decir algo, pero una parte de él comprendía lo que estaba diciendo, él mismo había pensado que su pequeño hijo de cinco años estaba creciendo en un entorno muy negro lleno de terribles cosas, no hacía mucho, menos de un año, se había percatado de ello cuando escribió la reseña de una horrorosa noticia: en Estados Unidos un grupo de jóvenes de entre doce y catorce años recrearon una escena de un vídeo juego, torturaron y mataron a una compañera de clases para invocar al protagonista de dicho juego. En los últimos años la sociedad se había descompuesto a una velocidad espantosa y parecía que a nadie le importaba y nadie hacía nada por cambiarlo. El mundo estaba en vilo bajo la constante amenaza de una posible guerra entre Rusia y Estados Unidos cuyas diferencias se habían agudizado en los dos últimos años gracias a la independencia petrolera que el gigante del norte había ganado con su petróleo de esquisto, los conflictos armados entre los países africanos, la guerra religiosa en el Medio Oriente y esa nueva oleada de persecución y exterminio de cristianos. 

Contó los años que habían pasado desde los desahucios en su país, la crisis económica que los venía golpeando desde dos mil ocho.

 Diez largos años de un terrible deterioro social y moral.

Tomó aire y preguntó:

―¿Qué es el Bornavirus humano? – su mentalidad de periodista había regresado.

―Realmente no es un virus – confesó, su rostro se iluminó nuevamente con la felicidad infantil que había tenido mientras comían – eso es lo mejor, ¡Un virus que no es un virus!

―No entiendo.

―El Bornaviridae es un virus único que posee un genoma de ARN monocatenario de sentido negativo. Este virus tiene el genoma más pequeño de todas las especies del orden Mononegavirales ― 8,9 kilobases ― y es el único dentro de ese orden con la capacidad de replicarse dentro del núcleo de la célula huésped― se recostó del espaldar del banco ―  Originalmente este virus genera un síndrome infeccioso neurológico que afectaba a los animales de sangre caliente causándole comportamiento anormal y posteriormente la muerte. – Se quedó en silencio unos minutos como si le prestara atención a algo específico en el aire, asintió y continuó – El nombre se deriva de la ciudad de Borna, Alemania, que sufrió una epidemia de la enfermedad en caballos en mil ochocientos ochenta y cinco. Hace algunos años unos estudios demostraron que hay rastros del virus en nuestro genoma lo que implica que en algún momento los humanos fueron susceptibles al virus y desarrollaron cierta inmunidad contra la enfermedad, pero creen que la presencia del virus en humanos puede ser la causa de algunos trastornos neurológicos o psiquiátricos como la bipolaridad o la esquizofrenia o incluso la depresión.

Su tono de voz se había vuelto catedrático, como si fuese un discurso ensayado solo para él, con palabras que él pudiese comprender. Continuó:

―Mi colega me comentó que era posible replicar el virus artificialmente con nano tecnología, convertirlo en un nano-robot programado para modificar la conducta, el comportamiento y los pensamientos de los seres humanos, al principio no le creí, lo tomé como una broma – soltó una risita – pero cuando me explicó que podíamos diseñar un robot exactamente igual al virus y que se comportara como él, que se alojara en el núcleo de las células cerebrales y replicara los síntomas y que al mismo tiempo almacenara información sobre la conducta y la personalidad del sujeto, para luego inocular una vacuna con una serie de otros nano-robots con la orden de modificar los patrones de pensamiento, introduciéndolos directamente en la mente de las personas, pensamientos especialmente diseñados para que los individuos los tomaran en cuenta. Una terapia de modificación de la conducta directamente en el cerebro de la persona; simplemente le creí. Era imposible refutar su lógica y sus números, pero he de confesar que me sorprendí cuando tuvo éxito.

―¿Y qué les hacen pensar ahora? – le preguntó mientras se palpaba con manos temblorosas los bolsillos buscando su caja de cigarrillos.

―Salvar al planeta, conservación de la flora y la fauna, respeto a los derechos humanos, reciclaje, igualdad de razas, búsqueda de conocimiento, eliminación del consumismo, respeto por la leyes, sentido de justicia… ―Enumeró – cosas por el estilo.

Juan Felipe Casas encendió su cigarrillo, le dio una bocanada profunda que le hizo arder la garganta y exhaló.

El humo oscuro ascendió en espirales suaves, una parte de él estaba horrorizada y otra, una muy sórdida, estaba fascinada con la historia.


Su cabeza pasaba a toda velocidad recuerdos, imágenes, hipótesis, hechos. Recordó particularmente la noche en que su hijo de cinco años se acercó en la oscuridad mientras él trabajaba en su portátil y le susurró desde el umbral de la puerta de su estudio que no quería hacerle daño – Esta bien papá, estamos cambiando el mundo, estamos haciendo un mundo mejor – le había dicho con su vocecita infantil y una sonrisa que se le antojó tenebrosa y le hizo erizar la piel.

La segunda parte de esta historia continuará el próximo viernes, no se la pierdan.

Saludos desde los mundos oscuros