jueves, 23 de abril de 2015

Del oficio de escribir: Los libros son la primera escuela.

Hoy veintitrés de abril celebramos el Día Internacional del Libro, muchos escritores han sacado promociones de sus obras, otros se han lanzado a eventos promocionales en los que se hacen conversatorios y charlas, y algunos se han puesto a reflexionar sobre este día debido al oficio de escribir.

Por ejemplo hoy voy a hablar de los libros y cómo estos deben influir en los escritores, sobre todo en aquellos que como yo, se están lanzando a dar sus primeras brazadas a ver qué tal nos va, y más aún en aquellos que solo asoman tímidamente la posibilidad de empezar a escribir.


Cuando has tomado la decisión definitiva de escribir al público, la visión del escritor pasa a formar una mente dual, en la que ya no solo se impregna de la historia y de sus emociones, sino que empieza a diseccionar la estructura; algo así como lo que le sucede al que estudia cine, ya después de empezar la carrera las películas dejan ser meras películas, empiezan a analizar la fotografía, la producción, el elenco, el sonido, la cámara y demás; de esa misma forma el nuevo escritor comienza (o debe comenzar) a analizar el libro.

Ciertamente hay personas que escribimos infiriendo ciertas normas gramaticales y de redacción, digo infiriendo porque no nos dedicamos a estudiar la lengua y sus normas a cabalidad, sino que nos lanzamos a escribir con el conocimiento ingenuo que nos da la escuela, algunos no sabrán que es un pasado perfecto, qué es un adverbio, ni si se rió se acentúa o no; noveles escritores que no están muy pendientes de si la Real Academia de la Lengua Española decide que twittear es un palabra que se usará en el castellano y tendrá un nicho en nuestro diccionario. Y en cierta medida esos tecnicismo de la lengua los vamos adsorbiendo a medida que vamos corrigiendo, revisando y publicando; porque es mentira que con el paso de los años un escritor no se equivoca, ojala pudiésemos conversar con los artífices de la coherencia detrás de las obras de grandes y admirados maestros en la literatura.

Lo que si debemos ver, más que con pasión, con objetividad, es que aunque uno desee innovar y romper las estructuras ortodoxas que dominan la literatura, primero hay que conocerlas, usarlas, empaparnos con ellas y respetarlas; luego cuando la experiencia nos de la sabiduría para romperlas y no hacer el ridículo, osar y hacerlo.

En mi trabajo de correctora me he encontrado con una ensalada desagradable de guiones, suspensivos y comillas usados indiscriminadamente para determinar los diálogos; y aparte de todo eso, hacen los diálogos de corrido en una sola línea; así que mientras voy unificando el criterio de nuestro bien amado guión o comillas, también tengo que dilucidar quién dice qué cosa, eso queridos amigos, es causa de rechazo de una novela.

Las muletillas y cacofonías son el pan de cada párrafo al corregir, evidentemente hay algunas personas que se toman la delicadeza de buscar sinónimos, palabras con el mismo significado que sustituyan las repeticiones, convirtiendo la lectura en algo fluido y agradable, si no somos capaces de emular esa norma básica al escribir, y más que nada por pura arrogancia, se han equivocado de oficio, al mundo de las letras se debe entrar con humildad. El uso indiscriminado de: a el/la, de el/la, para el/la, el repetir cuatro o cinco veces en el mismo párrafo de diez líneas que estaba en la casa, su casa, la casa; hacen lenta y pesada la lectura.

Narrar en tiempo pasada y soltar una acción en tiempo presente es como un balde de agua fría en la narración, por más concentrado que uno esté mientras lee, el cerebro registra la anomalía, obviamente si es una o dos en toda la historia puede pasarse, pero que de un párrafo a otro se generen esos cambios en los tiempos narrativos da dolor de cabeza y hará que el lector deje olvidado ese libro para siempre.

Evidentemente hay elementos más técnicos que dominar, algunos los adquiriremos con el tiempo, otros no; pero lo importante es comprender que esos libros que nos inspiraron a escribir lo hicieron no solo por su historia, el libro no es solo su historia, detrás de cada página hay un trabajo multidisciplinario que permite que ese objeto de tus pasiones te inspire, bajo esa premisa: ¿Convertiremos nuestras obras en escuelas para los futuros escritores que nos leerán?


Desde que estoy en este mundo he repetido hasta la saciedad una premisa que procuro mantener en mi proceso de escribir: “La mejor historia del mundo se puede perder si no está bien planteada” y ese planteamiento engloba TODO.

Siempre he sostenido que llamarme a mi misma escritora es un título muy grande y que requiere de una responsabilidad muy pesada, porque desde mi punto de vista y tras veintinueve años de libros a cuestas, mi visión de los que escribieron esas obras es muy idealizada, no viene acompañadas de caballeros andantes ni de damiselas en apuros; la verdad llana es que considero que estos autores, los de los libros que me educaron, fueron personas con una sensibilidad especial hacia el mundo, con una imaginación peculiar y diferente que los condujo a sobresalir entre otros, que ellos supieron unificar los distintos matices emocionales en un solo personaje logrando que miles de personas por un instante fuesen una sola. Desde este punto de vista, llamarme escritora, da un poco de miedo.

Pero más allá de todo eso, de que los libros sean nuestra primera escuela, los que escribimos para publicar debemos comprender que esa obra es nuestra mientras se escribe, que ya después que abandona nuestras manos pasa a ser del lector, y es a ellos a quienes les debemos el respeto y la responsabilidad de entregar una buena obra; esto significa que debemos bajarnos de esa nube esponjosa llamada ego y entender que ese lemita que a más de uno le he oído y leído “Es que yo escribo así, ese es mi estilo” no es excusa para la mediocridad.

Entre los amigos que comparten conmigo este mundo nos criticamos duramente, incluso nos insultamos a veces (aunque esto tiene más que ver con jodedera que con intenciones destructivas) pero hemos optado por decirnos la verdad, así que cuando alguien se acerca a mí preguntándome si la historia sirve, yo siempre procuro decir la verdad.
Saludos… Y feliz día del libro.