lunes, 20 de abril de 2015

Saga Los Condenados, La Caída de la Torre, Cap. II

Capítulo II
Akcron y Xoia convivían en la misma urbe fingiendo conocerse por los círculos sociales que ambos compartían y frecuentaban en Metrópolis 2.
En un buen vehículo tomaba día y medio llegar hasta allí desde Metrópolis 3. Volando, solo era cuestión de un par de horas.
Xoia partió en un carro blindado; Akcron desconocía si viajaría todo el trayecto por tierra o si como él, regresaría por aire. Fue el último en partir justo detrás de Attlas y tras seguirlo un par de kilómetros tomó una desviación que lo llevaba a un helipuerto clandestino cerca de Metrópolis 3.
Vio el brillante fuselaje del helicóptero a lo lejos a pesar de la poca luz de la luna, podía verlo a la perfección gracias a su afinada visión y excelente sentido de la vista, la oscuridad para él no era un obstáculo, sus ojos se habituaban a la cantidad de luz y  simplemente era como ver durante el día. Un suspiro se escapó de sus labios de forma inconsciente, llevaba una velocidad constante pero no iba demasiado rápido, no tenía apuros en llegar y se tomaba su tiempo para cavilar sobre la reunión y lo poco exitosa que había sido según sus consideraciones. Sabía de antemano que Laiha estaría más que renuente y desinteresada en participar en ninguna guerra o conspiración a menos que la recompensa fuese lo suficientemente jugosa.
Y a ella no la tentaban las ganancias monetarias y podía imaginar que la opción de volver a su mundo de origen tampoco le parecería útil y valiosa.
Xoia estaba genuinamente preocupada, si los humanos decidían limpiar el mundo de los seres que hacían cada vez más evidente su existencia, todo terminaría terriblemente mal para ellos. Una masacre innecesaria desde su punto de vista como estratega y diplomático, pero su opinión personal no contaba, al fin y al cabo por más que moviera los hilos desde la oscuridad, no siempre podía influir del modo que deseaba sobre los demás y las decisiones eran tomadas a pesar de que no le convenían a sus propios intereses.
La diferencia entre sus intenciones y las de Xoia radicaba en la cantidad de información que él poseía y que le parecía pertinente mantener en secreto, el tiempo indicado para revelar lo que sabía era clave para determinar la participación definitiva de Laiha en todo lo que ya se estaba moviendo en las sombras; las cuales todos podían percibir y que en efecto estaban plagadas de espantosos monstruos que iban más allá de su comprensión.
El detalle con los humanos era que consideraban su existencia demasiado importante, producto de lo efímera que era; su vida, en perspectiva, era en extremo corta comparada con todos ellos, y los humanos involucrados no querían darse cuenta que no jugaban un papel preponderante en toda la trama debido a esta diferencia insalvable, lo que había traído como consecuencia que este mundo fuese considerado solo el basurero de atrás, un lugar a donde fueron expulsados una cantidad de seres volátiles y peligrosos, una suerte de prisión muy pintoresca, con demasiados guardias inútiles y muy pocas celdas especiales.
Porque eso eran los humanos, los medianamente especiales eran más que todo contenedores, prisiones para mantener cautivos a Los Condenados.
Tras todos los acontecimientos que se detonaron antes, durante y después de La Ruptura, la misma humanidad fue extinguiéndose, victimas de sí mismos y de su ambición, ahora en comparación solo eran un puñado de sobrevivientes en tierras demasiado hostiles.
Pero la humanidad demostró que ante la adversidad eran bastante flexibles y adaptables, una cualidad única, si se tomaba en cuenta.
Se detuvo junto al helicóptero donde dos personas lo esperaban, el hombre ataviado de negro se acercó hasta la puerta y abrió inclinando la cabeza muy respetuosamente mientras él salía del carro, no le dirigió siquiera unas palabras de agradecimiento, se subió a la nave y se sentó en el puesto del piloto, comenzó a accionar los controles mientras a su lado se acomodaba en silencio la mujer
El carro partió rumbo a la ciudad mientras las hélices empezaban a girar, podía ver las luces a lo lejos; se preguntó las verdaderas razones que Laiha podía tener para excluirse de las Metrópolis donde podía pasar desapercibida como una humana más por el simple hecho de ser grupos más nutridos de personas.
Él gustosamente la hubiese hecho entrar en Metrópolis 2.
Se elevaron en el cielo nocturno, Akcron no tenía deseos de hablar y menos aún con su compañera; con la que tarde o temprano se vería obligado a compartir sus impresiones sobre aquella reunión para luego informar a La Corte de sus avances – Tal vez ahora los Solaris estén dispuestos a volver a ocupar un lugar dentro de La Corte – tuvo la certeza que de suceder eso, Laiha tal vez encontraría mejores motivos para unirse de nuevo a las filas enemigas, pero eso era mucho menos que una vaga esperanza.
Repentinamente se sintió cansado, vio su reflejo en el vidrio, su cabello azabache, su piel nívea, sus ojos grises, sus labios rojizos y provocativos, las líneas estilizadas de su rostro que acentuaban esa cualidad sensual que exudaba naturalmente por su raza; ya no quedaba ni un solo rasgo del antiguo humano que usó para poder estar definitivamente en este mundo, absorbió no solo su energía sino todo en él y desde La Ruptura poseía el poder de viajar entre los mundos.
Una habilidad que Los Condenados no podían siquiera concebir.
Pero cuando Laiha se quitó el casco, todavía quedaban rastros de su humanidad, habían sido muy evidentes para él y posiblemente para los otros también: los ojos marrones que se tornaron azules en el momento justo, la piel ligeramente bronceada, el cabello ondulado; de todos ellos era la que menos había cambiado en comparación. De Attlas quedaba poco, incluso la magia y el tiempo habían cambiado los rasgos de Xoia, la única humana que jugaba un papel importante en toda aquella intriga.
Ya estaban llegando a Metrópolis 2, sobrevolaron uno de los domos menores que se abrió al cielo lentamente dejando al descubierto una pista de aterrizaje y un espacio lo suficientemente amplio para maniobrar un descenso entre una fila de helicópteros todos iguales.
Metrópolis 2 era la ciudad que poseía la mejor y más avanzada tecnología que existía, Akcron había modelado aquella ciudad, era el artífice de una trampa perfectamente diseñada para que La Corte confiara en la estabilidad y la seguridad de ésta; si todo salía como lo había planeado, primero los arrinconaría allí, brindándoles una seguridad que realmente no poseían, cuando La Corte en pleno estuviera instalada dentro de la ciudad, él se encargaría de dejar entrar a todos aquellos que quisieran ajustar cuentas con los malditos bastardos.
Soltó una risita malévola de manera involuntaria.
Su compañera lo miró de reojo, no confiaba en él y Akcron lo sabía, lo supo apenas la conoció; él no solo no le inspiraba confianza, sino que además le aterraba su sola presencia, pero tras años de entrenamiento en La Corte se dominaba muy bien y eso él se lo concedía de buena gana, era fuerte y lograba controlarse, pero era simplemente una pieza reemplazable en todo ese ajedrez que estaban jugando: un simple peón. Aunque si era honesto consigo mismo, eso eran todos, incluido él, simples peones reemplazables.
Aterrizaron de manera perfecta, se bajaron del helicóptero y se dirigieron a una cabina que los llevaría a la ciudad en cuestión de minutos; ella quería preguntarle la razón tras aquella risa tan maligna, pero era mejor esperar a que él se decidiera a hablar. En todos los años que habían servido juntos, no había logrado conseguir ni una sola pista o prueba de que Akcron los hubiese traicionado o los estuviese traicionando, situación que le causaba una frustración palpable, muchos miembros en La Corte mencionaban que era un traidor, pero todos ellos lo hacían con suma discreción, era una sospecha colectiva susurrada en los rincones oscuros de La Corte, nadie osaba levantar la voz y acusar al príncipe de una de civilización grande y afianzada; más aún a él, que durante eones había ejecutado a la perfección todas las misiones encomendadas, no había modo de probar una alta traición de su parte, pero era una cuestión que todos sabían, que presentían; incluso cuando él había sido el responsable de entregar a dos de los principales traidores al Edén y La Corte.
–Laiha no tiene interés en participar de ningún complot – dijo finalmente de manera distraída mientras miraba por los paneles de vidrio cómo se deslizaba la cabina a través de un pasillo tubular de paredes transparentes que les permitía observar todo lo que sucedía en aquel centro que rodeaba la ciudad; era la única parte que coincidía con la verdadera naturaleza tecnológica de ésta: todo era metalizado y controlado por inteligencias artificiales y robots – Xoia asegura que los humanos se están organizando ante un posible ataque de algún grupo de Condenados.
–¿Y eso va a pasar? ¿Los Condenados tienen planeado atacar las ciudades de los humanos? – no había emoción alguna en su voz.
–No – aseguró Akcron – Attlas es quien mantiene contacto con ellos, él se dedica a lo que mejor sabe hacer: disfrutar de los excesos. Arregla peleas ilegales entre Los Condenados, él gana, ellos ganan, los humanos se divierten, pero todo es ilegal.
–Attlas aseguró eso, ¿No?
–Attlas no puede asegurar nada, ni siquiera nosotros podemos asegurar nada, ellos no tienen un patrón de comportamiento definido, aunque quisieran revancha, no quieren caer en un peor basurero que este mundo.
La mujer asintió comprensiva, odiaba este mundo, era restrictivo para sus habilidades, demasiado denso.
–Por ahora solo podemos confiar en lo que Attlas dice, Los Condenados todavía no saben qué van a hacer, nadie se ha levantado como líder para organizarlos, los pocos seres de alguna importancia que fueron confinados a este lugar no tienen interés en dirigir a un montón de resentidos y los demás, los peces gordos, esos están en el Hades y a pesar de que el velo que separa a este mundo de ese no es muy grueso, ni siquiera La Ruptura les dio el poder de liberarse de aquel sitio atemporal; el ambiente de este mundo es excesivamente denso, la energía que pasa de nuestros mundos a éste no alcanza a llegar allá.
La mujer aceptó que tenía razón, los rumores decían que la antigua heredera de la casa Solaris no tenía intenciones de enfrascarse en batallas en las que sabía había demasiadas desventajas. Desde que la Antigua Familia había abandonado La Corte, las posibilidades de Laiha Solaris se habían reducido drásticamente, por otra parte Attlas nunca se había caracterizado por demostrar demasiado interés en la política y en las intrigas, simplemente disfrutaba generando caos y problemas, era un psicópata nada mas, fácil de mantener bajo control.
Akcron percibió todas las cavilaciones de la mujer con bastante satisfacción; como siempre cada uno actuaba su papel impecablemente, si realmente aquella mujer entendiera el alcance de lo que esas condenas habían generado comprendería que el peor error que habían cometido en La Corte había sido ese: enviarlos a este mundo; sembraron bombas de tiempo que estaban próximas a explotar.
–Mi querida Eudokia – dijo Akcron con su voz más seductora – por ahora no debemos atormentarnos, hay que dejar que todo siga su curso natural – la cabina se detuvo y las puertas se abrieron a una habitación exquisitamente decorada, a partir de allí, el modernismo y la tecnología quedaban perfectamente ocultos tras el modelo de una ciudad humana clásica. Metrópolis 2 era un monumento a la antigua y triste gloria de los humanos – entreguémonos a placeres mas encantadores.
Las puertas se abrieron dando paso hacia otra habitación, allí, casi como en un frenesí, decenas de mujeres y hombres se entregaban a los placeres más básicos de comida y bebida, todo en abundancia; se abalanzaban a las bandejas con gula y entre las sombras no demasiado oscuras de ese pequeño salón, se entregaban lujuriosamente a los placeres de la carne.
Eudokia sintió sed.

Akcron posó delicadamente su mano sobre aquel hombro cubierto de cuero; los rasgos de la vampiresa se acentuaron cuando el delicioso aroma del lugar llegó a su olfato, empezaba a sentir cómo su excitación aumentaba exponencialmente, y no podía culparla, todo lo que se encontraba en ese recinto estaba servido para su disfrute.