lunes, 13 de abril de 2015

Saga Los Condenados, La Caída de la Torre, Cap. I



Capítulo I
Hacía ya demasiados años que no se veían; habían puesto kilómetros de distancia, espacio y tiempo entre ellos, como una especie de pacto silencioso para no abrir viejas heridas; se habían confinado a vidas solitarias y misteriosas, se dedicaron a recorrer sus caminos separados entre las sombras y ahora que se encontraban parecía que en realidad no habían sanado, y estaba segura de que los demás pensaban lo mismo, que para todos era en cierto modo una tortura algo agónica encontrarse nuevamente en esa cita establecida por el destino y que no podían evadir aunque quisieran.

Y ella lo quería.

Llevaba mucho tiempo eludiendo ese encuentro, escondiéndose y aguardando al mismo tiempo, la fatídica noche en que se llevaría a cabo, solo para descubrir que no se podía engañar al destino, al fin y al cabo allí iba, avanzando conscientemente hacía el principio que podía ser su fin.

Giró en una curva muy cerrada. Deseaba fervientemente despojarse del casco y sentir al viento silbar en sus oídos, sentir su cabello arremolinándose alrededor de su cabeza, y no podía hacerlo, no debía arriesgarse a caer en alguna trampa, protegería su identidad hasta el último minuto; su vida estaba en juego y estaba dispuesta a defenderla, como sabía que los demás defenderían la suya propia.

Aceleró un poco más aprovechando la pendiente recta que se abría en su camino mientas añoraba la libertad de volar, de surcar los cielos y olvidarse de sus problemas, escabulléndose entre las nubes; pero aquel cuerpo humano donde habitaba desde hacía milenios la aprisionaba con sus limitaciones, no poder remontarse en los aires era una cadena que la mantenía atada a la tierra, un recordatorio constante de la condena que estaba pagando.

Así que se contentaba con conducir su motocicleta a límites absurdamente peligrosos ahogando la nostalgia que sentía de un mundo al que no podía regresar, del que no estaba segura querer regresar.

Habían estado separados muchos siglos, un período que seguramente estaba plagado de miserias y de sombrías batallas.

Demasiado tiempo había pasado – Ridículamente largo – pensó.

Viró a la derecha y el camino se elevó abruptamente, corrió varios kilómetros de subida hasta que sintió cómo descendía la temperatura. Muy lejos de la ciudad, demasiado tiempo sin verse y los pensamientos que pasaban por su cabeza, en una sucesión rápida de imágenes, despertaron un cosquilleo familiar en sus manos y pecho haciéndole ver que estaba a la defensiva como de costumbre, con ellos había aprendido que debía estarlo y aquella noche era peor, casi sentía salir de ella la furia fría y agresiva que la embargaba; definitivamente las heridas no habían sanado en su corazón humano y hacían eco en su otro corazón, el que no pertenecía a este mundo.

El camino se hizo plano y recto, bordeado de árboles bastante tupidos entre los cuales podía verse esporádicamente el brillo tenue de una luna menguante. Aceleró un poco más, levantado una nube de tierra a su paso, llegó a un claro algo grande, bordeado de peñascos y protegidos por un denso follaje que dejaba entrever, entre aquella masa uniforme y oscura, las luces lejanas de la ciudad. En él habían tres vehículos estacionados y a pesar de las tinieblas pudo notar la elegancia de cada uno; estacionó frente a uno de los autos, cerrando el círculo con su modesta motocicleta, divisó las conocidas figuras de sus viejos compañeros de batalla apostados con despreocupación frente a sus carros; eran tres en total, como suponía debía ser. Rió por lo bajo, aquello le pareció una ridícula puesta en escena, todos iban sin escoltas, como una demostración de buena voluntad, una deliciosa ironía si recordaba cómo habían sobrevivido siglos en aquel desolado mundo, cómo se habían infiltrado entre las sociedades que resurgieron tras las catástrofes, todos ellos se mimetizaron con sus entornos, podían parecer humanos frente a otros, actuar como tal, pero esa noche dejaban en evidencia su verdadera naturaleza, una innegable manifestación de sus fuerzas y poderes.

Se irguieron cuando ella apagó la moto, Laiha no se bajó, se limitó a sacarse el casco dejándolo sobre la máquina y se sacudió su melena un poco, adoptó una posición casi perezosa, descansó los brazos cruzándolos encima del yelmo, mientras se inclinaba hacia adelante.

-Buenas noches Laiha - el primero en hablar fue Attlas, la saludaba con la fingida cortesía de viejos conocidos que se hubiesen visto recientemente; percibió el ligero miedo en los ojos de Xoia, seguramente temía un estallido por su parte debido a la familiaridad con la que él le había hablado, comprendió que por lo menos uno de ellos estaba consciente de que ella no quería estar allí y cuando algo no le gustaba no solía ser amable.

 Se limitó a inclinar la cabeza en señal de saludo.

Todo se sumió en un incomodo silencio que reptaba desde la oscuridad y se apoderaba de ellos, después de todo ese tiempo volvían a estar reunidos en un mismo lugar; era como encerrar en una jaula a leones hambrientos e irascibles que estaban dispuestos a matarse unos a otros, no sabían qué decirse o cómo tratarse, se lanzaban miradas frías y algo indiferentes; todos ellos pertenecían a otra vida que habían vivido en común y aunque continuasen viviendo la misma, ya no eran lo que solían ser; habían cambiado, sobre todo ella y aunque pudiese reconocer a cada uno de ellos, sabía que ninguno era ya el mismo.
Todos habían cambiado tras La Ruptura.

Laiha había desaparecido por completo, incluso había hecho correr el rumor de su muerte tras ese funesto evento, Attlas se dedicaba a negocios clandestinos, Akcron era un respetado miembro en la ciudad donde residía, tenía una notoria influencia en los asuntos políticos y Xoia se movía en las más altas esferas sociales. Los miró con intensidad, posando la vista en cada uno de ellos la misma cantidad de tiempo, examinando con detenimiento si quedaban rastros de sus antiguas personas, recordando las viejas deudas por saldar que poseían entre ellos.

–Nos conocemos demasiado bien para andarnos con rodeos y con formalidades – Laiha tenía un tono de voz suave y profundo, había roto el silencio tras unos minutos que le parecieron eternos.

–¿Deseas volver tan pronto a la pocilga donde vives? – el dejo de ironía en la voz de Attlas no la tomó por sorpresa.

–De hecho, sí – respondió apaciblemente – prefiero pasar desapercibida allá entre los excluidos que vivir acorralada en las grandes ciudades con un precio que pesa sobre mi cabeza y mirando por sobre el hombro a ver si aparece algún idiota que se atreva siquiera a intentar cobrarlo.

–Tu cabeza siempre ha tenido precio, Laiha – dijo Akcron con su voz cadente y seductora – la mayor parte de tu vida lo ha tenido y toda tu muerte también.

–Sí… – le concedió con cansancio – deberían dejar que los muertos descansemos en paz.
Todos permanecieron callados tras aquella triste petición, había más que desaliento en esa voz, había una profunda resignación a algo que no podían cambiar, incluso Attlas se identificó con sus palabras con un casi imperceptible gesto de asentimiento.

Laiha desvió la mirada hacia un pequeño hueco entre los árboles, a lo lejos se veían las luces de la ciudad conocida como Metrópolis 3, la única protegida por muros en el mundo; se distrajo lo suficiente para dejar pasar esa tristeza agónica que se había posado sobre ellos, esas emociones eran el detonante perfecto para recorrer una vez más los caminos de la memoria, los recuerdos de un pasado que todos compartían. Su mente, que siempre le jugaba malas pasadas, le había obligado a recordar las vidas y las muertes, como empezaba una nueva vida inmediatamente acababa la anterior; estaba agotada de aquel ciclo que se sucedía interminable.

–¿Para qué me han llamado? – preguntó al fin sin dejar de mirar la ciudad – no creo que sea para tomar el té – y aunque su voz aparentaba indiferencia su mirada traía el eco de las imágenes que resonaban en su cabeza.

–Han sucedido una serie de… acontecimientos – Dijo Xoia después de unos segundos cuando se dio cuenta que ninguno de los otros dos iba a responder – entre las altas esferas de poder se están gestando planes y complots.

–Eso no es nuevo – respondió Laiha – es una mala costumbre de todos los seres – se detuvo un instante sopesando la palabra – inteligentes – dijo al fin, la encaró con una sonrisita burlona en sus labios – no son felices sin complots y conspiraciones, pero… ¿A qué esferas de poder te refieres?

–A los humanos – le contestó, Laiha soltó una risotada sarcástica.

Todos se quedaron callados nuevamente, esta vez por un largo rato, la risa de Laiha era una respuesta natural ante aquella afirmación y aunque los hombres se mantuvieron en silencio, se podía adivinar que pensaban igual.

–Tal vez deberíamos dejar que hable – dijo Attlas al cabo de unos minutos, tenía un tono demasiado conciliador, Laiha bufó, Akcron se rió burlonamente por lo bajo, los ánimos empezaban a caldearse entre todos.

–Se dice que quieren hacer una coalición humana – continuó Xoia con más coraje del que sentía y una nota de evidente disgusto – unirse contra Los Condenados, luchar para recuperar el mundo y prosperar de nuevo como especie dominante.

–¿Al final aceptaron que entre ellos caminan seres de otras especies? – Preguntó Attlas al aire con cinismo.

No es solo eso – suspiró – de algún modo comprendieron que no son de este mundo…
–Tarde o temprano iba a suceder – Akcron se volvió hacia ella – no podíamos esperar a que vivieran en la ignorancia por el resto de su existencia.
–Lo sé – aceptó Xoia – pero es como si hubiesen adquirido una comprensión sobre qué son Los Condenados, de dónde vienen, como si se hubieran dado cuenta de que hay algo más allá de este mundo y de esta realidad y lo que fuese que los mantenía separados de esas otras “cosas” se hubiese derrumbado.

–Eso también iba a suceder – le espetó Laiha – este mundo ha permanecido estancado mucho tiempo y sin su fluidez eventualmente se iban a dar cuenta.
–Y los monstruos de su imaginación salieron de la oscuridad y poblaron las ciudades – recitó Akcron en un tono enigmático.

Y como si se hubiese tratado de una orden a la noche una ráfaga de viento helado bajó como una cascada colándose entre el follaje y le arrancó gemidos ululantes a la oscuridad,  desencadenando una reacción tenebrosa en todo el lugar, parecía que todo a su alrededor cobraba vida y se ponía a la defensiva por la presencia de ellos, como si ese algo supiera lo peligrosos que podían ser.

Xoia observó detalladamente a cada uno de ellos, todos se estaban sumiendo en una profunda melancolía, pero de algún modo inexplicable ella estaba contenta de reencontrarse con ellos a pesar de los amargos recuerdos que en ese momento la embargaban, también habían vivido buenas experiencias, ellos eran la única conexión con su pasado, ese que le hacía entender que de todos, ella tenía escapatoria. Miró a Akcron y le sonrió con tristeza – Exactamente – le concedió en un susurro apenas audible.

–¿Ven? – preguntó Laiha en tono de burla cortando con su voz esa sensación de desasosiego – Esa es la razón por la cual no vivo en las ciudades, está llena de criaturas indeseables.

Nadie rió.

–Sí, hay intenciones de tomar las ciudades, de conquistar este mundo – dijo Akcron recostándose de su auto – en cualquier momento ya no solo habrá una fractura entre los mundos, de hecho habrá una colisión y el Edén está más cerca de este mundo que cualquier otro… pero eso no será un problema para los demás…

–¿Qué quieres decir exactamente con colisión? – preguntó Xoia.

–Significa que tendremos un lindo choque entre este miserable mundo y el otro – respondió Laiha con arrogancia.

–No es necesario el tono de… - empezó Attlas.

–¿El tono de burla? – Laiha lo increpó – no sé si te has dado cuenta, pero en estos momentos no necesitamos regodearnos en la ingenuidad humana.

–Ese no es el punto y tú lo sabes – los ánimos entre ellos empezaban a encenderse.

–El problema no es lo que yo sepa – le respondió – sino lo que otros están esperando – miró a Xoia directamente – aún esperas un milagroso escape o que alguien se levante como salvador, alguien que te salve y salve a tu raza que estaba perdida incluso antes de ser creada.

–No creo que sea el momento para discutir esto – Attlas elevó la voz.

–No, el momento fue durante La Ruptura – dijo Laiha levantando la voz un poco más que él – cuando todo se fue a la mierda y tú tenías la mente nublada y creíste que nada iba suceder, cuando todos tenían la sed de aventura a flor de piel pero la lógica bien enterrada en sus cerebros que los hizo creer invencibles… ¿Qué crees que sucedió cuando Xoia se dio cuenta de que se iba a quedar sola? ¿Acaso pensaron que esto no iba a pasar jamás? Fueron demasiado estúpidos al creer en eso y no vale la excusa de que eran jóvenes e inexpertos, vivimos demasiadas vidas antes de esta para estar preparados y…

–¡Suficiente! – exclamó Akcron en tono cortante, Laiha se quedó callada, él suspiró suavemente tratando de encontrar la paciencia necesaria para lidiar con ellos – Por una razón Xoia nos llamó a este lugar y tal vez tienes razón Laiha, todos nos dejamos llevar por lo que experimentábamos, incluso tú – dijo con calma – ¡Pasarán eones y ustedes nunca se pondrán de acuerdo! – los señaló con tono acusador, respiró profundo nuevamente y continuó – Sí, hay planes de abordar este mundo, sabemos que la fuerza que sostiene al Edén ya no es igual de poderosa, que no posee la misma capacidad, pero estaba previsto, solo sucedió un poco antes – Akcron dejó escapar su aliento – los humanos están más sensibles de lo que ellos piensan.

–Lo único que oigo es blah blah comienza la guerra – dijo Attlas con rebeldía, siempre había detestado ese aire de madurez y superioridad con el que solía hablarles cuando ellos se alteraban un poco.

–No solo es eso – respondió Akcron – el Edén y este mundo colisionarán – esta vez su tono de voz fue distinto, quería hacerles entender que lo que decía no era simplemente una figura simbólica.

Todos permanecieron en silencio asimilando aquella afirmación tan rotunda; los mundos colisionarían. Implicaba más de lo que todos querían asumir: los humanos más cerca de su creador, Laiha y Attlas tendrían la oportunidad de volver a su mundo, este último podría encontrarse de nuevo con la familia que había dejado atrás.

–Son demasiadas cosas para una noche… – dijo Laiha rompiendo el silencio en un susurro.

–Laiha tiene razón – concordó Attlas – normalmente  habrían corrido torrentes de vino entre nosotros antes de llegar a ésta conversación – tenía una forzada sonrisita picara en los labios.

–Esta vez no tenemos tiempo para vino, ni para medidas diplomáticas – respondió Akcron, en su tono evidenciaba que debían olvidar cuanto tiempo que llevaban sin verse o cuales rencores los separaban.

–Sabíamos que esto iba a pasar – dijo Xoia con un hilo de voz, mientras les daba un poco la espalda y apoyaba la palma de su mano en el capó del auto – pero no sabía que fuese a suceder tan pronto.

–¿Pronto? – preguntó Laiha con genuina sorpresa – ¡Han pasado demasiadas vidas…! demasiadas muertes…. – susurró; ella y Attlas habían llegado a este mundo en un ciclo constante de vida y muerte – Es como volver a casa y no tener la llave que abre la puerta – dijo; aun en la oscuridad vio cómo Attlas asentía – no lo puedes comprender Xoia, incluso con tu vida extremadamente larga no podrías entenderlo.

–Hemos muerto excesivas veces – Attlas se volvió en dirección a la ciudad mientras decía eso.

–¿Qué piensan hacer los humanos? – interrogó Laiha a Xoia – No es tan fácil como piensan, no pueden decir: ¡Vamos a acabar con esos monstruos! Y creer que en efecto acabaran con nosotros.

–La verdad es que aún no llegan a un acuerdo sobre eso – respondió volviéndose hacía ellos – no es fácil tomar una decisión cuando no saben exactamente contra qué pelean o qué acontecimiento se acerca, estamos ciegos e ignorantes.

–¡Bendita ignorancia! – exclamó Attlas.

–Creo que la ignorancia es una maldición en estos momentos – aseguró Laiha con una risita.

–Los miembros más poderosos de la humanidad se han reunido – reveló Xoia – cada uno ha descubierto a su manera que las cosas son diferentes, varios de ellos han contratado a algunos Condenados para protección alegando que la mejor manera de controlar al enemigo es teniéndolo cerca, también en los bajos fondos se planean apuestas de peleas y enfrentamientos entre criaturas extrañas, he de suponer que son Condenados, todo se ha sumido en una decadencia sin límites – suspiró – hombres y mujeres obligadas a pelear como bestias – parecía verdaderamente contrariada con lo que había visto y oído; Attlas sonreía con disimulada arrogancia.

–¿Aún no te acostumbras, verdad? – le preguntó Laiha mientras miraba a Xoia que no podía huir de aquella mirada intensa, podía ver sus ojos brillantes y azules a través de la oscuridad, absorbiéndola, empujándola más allá de los limites que ella misma se había establecido. 

–No – asumió con voz firme – todavía espero lo mejor de los demás.

–La diferencia entre nosotros y los humanos es que a nosotros solo nos queda ser así, no tenemos más alternativas que ser sus monstruos, que los humanos nos llamen “criaturas” o “seres” – parecía molesta por eso – así que no vamos fingiendo ser mejores o peores personas, somos lo que somos.

Otra vez aquel silencio pesado entre ellos.

–Tienes que entender que la naturaleza primigenia de todas las criaturas es salvaje y peligrosa – dijo Attlas casi a modo de disculpa tras un rato.

–Me enfermas – le reprochó Laiha con cierto tono indiferente – siempre tratando de salvar una ingenuidad que no existe – chasqueó la lengua – ¿De qué manera se están organizando? ¿Contra quién van a pelear?

–Eso no es importante – se impuso Akcron – por lo menos no en estos momentos, sabemos que pelearán contra Los Condenados o con ellos, pero en este instante todo se resume a que por primera vez en la historia de la humanidad están jugando un papel más protagónico y ahora van a disfrutar en primera fila la guerra.

–Continúa la guerra – Laiha saboreó las palabras.

–Ciertamente – dijo Attlas – ¡Al fin! – suspiró despacio.

–¿Seguirás al conejo blanco a casa? – le preguntó mientras se ponía el casco.

–No lo sé Dorothy – respondió Attlas – ¿Todavía sigues en Kansas?

–No – se escuchó la voz velada por el casco, encendió su moto y la aceleró, el rugido del motor reverberó en todo el lugar, una bandada de aves salió huyendo de la copa del árbol más cercano, era un ruido ensordecedor que le causaba cierto placer, podía sentir la adrenalina corriendo por su sangre junto con el deseo de ponerse en marcha – hace mucho tiempo que Kansas dejó de existir y un tornado me trajo a una tierra diferente – giró sobre sí misma violentamente y dio la vuelta levantando una alta nube de polvo.

Todos miraron el camino que Laiha había tomado, tenía razón en esa última afirmación que les lanzó, ciertamente el mundo que conocieron ya no era el mismo y el que conocían estaba a punto de cambiar.

Laiha imaginó cómo todos trataban de recordar una realidad más simple, durante todo el trayecto de regreso a la que consideraba su casa, la inundaron los recuerdos: las miradas, las frases, las revelaciones de que todo seguía un curso que ninguno había estimado por considerarlo imposible e irreal, recordó las despedidas, las últimas noches de amor apasionado, la lluvia cayendo y el significado de ésta, recordó lo bueno y lo malo, recordó la última noche estrellada y sus consecuencias, las heridas y las armas que las habían causado, recordó la rendición, el abismo, la oscuridad.

No sabía si había sido igual para todos, si los cuatro habían pasado por esa sombría redención que era el reconocimiento de su condena, y aunque ciertamente Akcron era solo un viajante temporal en este mundo, intuía que de algún modo él había ido pagando a cuenta gotas muchas penas. Attlas había conocido de primera mano lo que era morir y nacer sin tiempo de asimilar la tragedia, el dolor y el cambio; él, al igual que ella, solo era un Condenado a una vida repetitiva y sin sentido, que solo había logrado tomar forma cientos de años atrás cuando extrañamente habían conseguido burlar a la muerte tras un despertar trágico y doloroso por La Ruptura; incluso Xoia, la única humana entre ellos, había cargado con un deber tan pesado e incomprensible que podían decir que ella también había sido condenada.

El viaje de retorno también lo fue hacia su pasado, cuando se dio cuenta dónde estaba, se acercaba a la ciudad donde se había escondido los últimos años.