lunes, 27 de abril de 2015

Los Condenados, La Caída de la Torre, Cap. III

Capítulo III
Era el amanecer del segundo día de camino cuando Laiha entró a las ruinas de la ciudad donde habitaba desde hacía varios años. Era exageradamente amable llamar a aquel conglomerado de escombros ciudad, era una de las pocas que a pesar de los años no había desaparecido completamente. Restos de altos edificios se elevaban hacia el cielo azul, como seres miserables implorando piedad a un dios inexistente, el sol la bañaba con inclemencia durante los días, la poca vegetación reptaba dentro de los edificios huyendo tristemente en busca de un poco de sombra y de agua, el viento se paseaba entre los viejos muros como un alma en pena en los que ni siquiera su silbante presencia podía romper con el sólido silencio, las horas pasaban arrastrándose quedamente entre el concreto y los escombros. La luz huía alegremente cuando el sol decaía y no tenía que iluminar ya más aquella agonizante tristeza. Cuando la noche hacía acto de presencia traía consigo el frío y este se apoderaba de todo, a veces una fina capa de hielo adornaba los trozos de vidrio de las ventanas y las paredes convirtiéndola en una ciudad de cristal, la luna se reflejaba en esos frágiles espejos dándole a todo un hermoso aspecto fantasmagórico y las horas pasaban igual de silenciosas entre las cuencas vacías y oscuras de aquellos arruinados gigantes de cemento.
La mayoría de los habitantes de aquel lugar fantasma vivían debajo de las viejas casas buscando protegerse bajo tierra del frío inclemente y de la enloquecedora soledad de las calles. Habían logrado algo de progreso entre aquellas desolaciones, algunos sótanos de edificios funcionaban como invernaderos para plantaciones agrícolas que les permitían abastecerse a sí mismos con alimentos de baja y mediana calidad pues la tierra no era muy fértil, y revivirla les había costado demasiado; casi no había agua y dependían de pequeños manantiales subterráneos que custodiaban como un tesoro, lo único que poseían era energía eléctrica, proporcionada por paneles solares de una antigua compañía de electricidad que habían sobrevivido casi sin ningún daño.
Cuando Laiha llegó, los habitantes no sabían qué eran aquellas placas brillantes que se levantaban arrogantes e indestructibles, con mucha paciencia les explicó que ellas debían conducir a un generador, si tenían algo de suerte podrían proporcionar energía eléctrica a la ciudad y aunque todos estaban renuentes ante sus afirmaciones, lo intentaron. La electricidad era una de esas ilusiones de los tiempos anteriores a La Ruptura y los viajantes que pasaban por esos caminos, a veces solos o en caravanas, relataban con anhelo que las Metrópolis poseían, que era un beneficio que todos sus habitantes disfrutaban y al que tenían derecho, pero esas historias parecían utopías, todos los habitantes de Las Ruinas conocían lo crueles que eran en las Metrópolis, muchos de los que allí se encontraban habían sido rechazados en cada una de ellas, se sentían parias de un sueño que no podrían alcanzar jamás, víctimas de una creciente fobia hacia lo que había afuera de las protectoras murallas y domos de cada ciudad. Todos sabían cuál iba a ser su triste destino si se aventuraban a buscar cobijo en una Metrópolis y por eso estaban renuentes a abandonar la relativa seguridad que habían construido entre sus ruinas.
Ninguno de los habitantes podía decir que conocía a Laiha, pero todos sabían de ella, era una especie de ley silenciosa que evitaba las frecuentes peleas de los borrachos, en una ciudad donde no había nada y beber era la única panacea para el horror al que se enfrentaban a diario; todos sabían que no era una simple humana, pero ninguno alzaba la voz poniéndolo en evidencia, en cierto modo era una forma de agradecer y aceptar que había sido una bendición, que los valiosos conocimientos para sobrevivir y aprovechar lo que había en ese lugar para hacerlo eran apreciados por todos y cada uno de ellos.
Gracias a ella tenían ciertas comodidades.
Tras litros del alcohol casero de Odín muchos vociferaban y repartían las culpas, consideraban que sus antepasados se habían vuelto peligrosamente estúpidos con sus tecnologías y gracias a ello se convirtieron en personas dependientes e inútiles. A veces encontraban entre los escombros dispositivos de toda índole y recurrían a ella para que les explicara lo qué eran, y solía hacerlo cuando estaba de buen humor, algo que no sucedía muy a menudo. Pero siempre fue paciente y considerada, les dio un norte y una organización, recolectaba viejos tesoros útiles, recuperó libros, utensilios, ropa; todos admitían sin un ápice de vergüenza que ella les había devuelto un poco de civilización.
El sonido del motor de su motocicleta retumbaba entre los edificios, el eco se repetía y se desvanecía entre los muros rápidamente, a medida que se fue alejando de la zona central y se encaminaba a lo que parecía ser una zona urbana el sol iba subiendo en el firmamento, dispersando poco a poco el frío y derritiendo lentamente la capa de hielo que durante la noche se había formado. Se detuvo frente a una estructura un poco mugrienta, pero en buen estado, apagó su motocicleta y se deshizo del casco que dejó sobre el asiento de la moto; aún la ciudad dormía, nadie se aventuraba a salir a la superficie hasta que hubiese calor suficiente para disipar los rastros del terrible frío de la noche y en esos momentos la luz del sol apenas alcanza a colorear de rosado el cielo en su lento ascender, a veces pensaba que el astro se sentía renuente de posar sus rayos sobre aquel lugar tan inhóspito, pero dentro de pocas horas los niños correrían por todos lados disfrutando de los primeros rayos tibios, eran los únicos que no sentían miedo y se regocijaban con el laberinto que representaba la ciudad destruida.
Entró y se dirigió directamente a la barra, quedaba en evidencia que el lugar había sido un restaurante pequeño y elegante en otros tiempos y a pesar de los años sobrevivieron algunas sillas y mesas, las paredes de espejos estaban rotas o estrelladas y fragmentos de su rostro se reflejaron por todos lados. No era un lugar luminoso, las lámparas en paredes y techos tenían cientos de años de polvo y suciedad y quien se hacía cargo de ese lugar deliberadamente mantenía ese aspecto arruinado. Un hombre salió detrás de una cortina gris hecha jirones, su aspecto era de pocos amigos, enorme, robusto, con una cabeza calva y redonda, le faltaba un ojo de nacimiento y una espantosa cicatriz le cruzaba parte de la frente y la mejilla. Laiha sabía que aquel hombre no era precisamente amable, pero a pesar de su tosquedad y su brutalidad era de confianza y también uno de los pocos que sabía quién era y sobre todo sospechaba qué era ella.
Se detuvo frente a Laiha y sacó de debajo de la barra una copa de cristal bellamente labrada, cuando la poca luz que pasaba por la ventana la atravesaba se descomponía en colores brillantes y hermosos que danzaban graciosamente a su alrededor. Había intentado explicarles que simplemente la luz se descomponía en esos colores, que todo era una cuestión de física simple, pero aún así todos consideraban que era un artefacto mágico.
En los humanos la superstición siempre había podido más que la ciencia.
–Es muy temprano para beber – le dijo bruscamente a modo de buenos días, sacó una botella oscura y cenicienta de debajo del mostrador y le sirvió de su contenido.
–O tal vez demasiado tarde – le respondió ella con cierta malicia. Él le gruñó y se fue a sentar en un taburete cruzándose de brazos esperando a que ella se decidiera a hablar; la experiencia le había enseñado que tenía que ser paciente, de haber sido una persona diferente solo hubiese tenido que tronarse los nudillos y golpearlo lo suficientemente fuerte para que soltase la lengua; pero cuando intentó ese método intimidatorio con ella y después cuando se fue a los golpes, terminó inconsciente y dolorido mas allá de lo que quería admitir, mientras ella lo miraba divertida sentada desde uno de los taburetes de la barra y su padre lo observaba presa del pánico.
Laiha se tomó despacio el vino que le sirvió, lo recibió como una bendición que calmaba el caos en su cabeza, habían sido dos días de trayecto de vuelta, pero no solo hacía Las Ruinas sino también un camino de regreso a los cientos de años de recuerdos que se agolparon en su cabeza y le hicieron un nudo en la garganta que a duras penas la dejaba respirar.
Tras veinte minutos de silencio incomodo en los cuales se dedicó a beber a pequeños sorbos el vino, habló:
–Hace ya muchos años ocurrió algo que algunos llamamos La Ruptura – empezó a relatarle, parecía desconectada de ese momento, el vino había despertado su coraje y parecía haber entrado en un estado de contrición, como si desease confesar de una vez por todas lo que pasaba en su cabeza, un acto de auto exorcismo para deshacerse de sus demonios o por lo menos acallarlos por un tiempo – realmente no fue una guerra en sí, aunque claro… hubo guerra – miraba más allá de los trozos de espejo de la pared – los países empezaron a enfrentarse unos a otros por recursos naturales: agua, tierras fértiles, alimentos. De repente se dieron cuenta que esas cosas eran más importantes que el dinero y el poder, que las ciudades que poseyeran esos recursos eran las que sobrevivirían a la gran catástrofe que se avecinaba, la gente migró hacía esos lugares, vivían en las calles y hacían cualquier cosa a cambio de comida.
–Hablas como si hubieses estado allí – dijo él con su voz ronca, tratando de ocultar la turbación que le causaba escucharla.
–Estuve allí – respondió en un susurro, estaba absorta mirando la copa que descansaba en la barra entre sus manos, casi buscaba las palabras dentro del contenido como si flotaran allí escondidas; era la primera persona con la cual hablaba de eso en muchísimo tiempo, ponía en evidencia que no solo era distinta a los seres humanos como él ya intuía, sino que era una de las primeras criaturas que ahora caminaban entre ellos haciéndose pasar por humanos – no puedo decir que fue horrible, no sería justo, en cierto modo muy personal fue liberador…  pero si fue deprimente, enfrentarse diariamente con la decadencia de la humanidad te hacía preguntarte qué clase de seres son… somos… - bebió un sorbo y continuó – no sé exactamente cuándo sucedió La Ruptura, pero sí noté los cambios inmediatamente… ¡Notamos los cambios inmediatamente! – se corrigió inconscientemente - ninguno quería decir en voz alta lo que estaba sucediendo, pero empezamos a cambiar físicamente, todo comenzó a ser más fácil para nosotros como si parte del control que nos impusieron se hubiese esfumado y éramos más libres, volvíamos a tener poder de nuevo, nuestra verdadera naturaleza despertó de un letargo de milenios.
–¿Milenios? – por primera vez en su vida su voz fue suave y sonaba asustada. Ella levantó la mirada de la copa y lo observó con intensidad, él vio como un relámpago el cambio de color de los ojos de Laiha, solo por unos segundos pasaron de su acostumbrado marrón a ser azules.
Notó el temor en él, las historias de su infancia se tornaban reales frente a sus ojos, ella confirmaba lo que les habían enseñado desde niños, recordó a su madre diciéndole que no estuviera durante la noche afuera, que las extrañas criaturas que salían durante las horas de oscuridad se lo iban a llevar y nadie sabía lo qué eran capaces de hacer.
–Odín – mencionó su nombre con suavidad, tranquilizándolo un poco – aun éramos humanos, hoy por hoy soy humana, por lo menos una parte de mi lo es, este cuerpo que poseo es humano, de hecho mi nombre no es siquiera mi nombre original, el nombre que uso ahora es el nombre de esa parte de mi que había estado aprisionada y aletargada, sencillamente se despertó y se ha ido mezclando conmigo, soy más fuerte, tengo “ciertas” habilidades y sobre todo no envejecí más… esa parte de mí cambió mi cuerpo, pero no he perdido mi humanidad – se detuvo, no quería asustarlo, no pretendía alejarlo, debía decirle a alguien lo que pasaba, debía ponerlo sobre aviso de lo que se les venía encima a todos, pero por sobre todas las cosas debía ser paciente; una cualidad que no ejercitaba muy seguido, era la primera vez que hablaba con él sobre todo eso y no había tenido el tacto de ir despacio, de explicar todo poco a poco, de contarle historias.
Y ahora ya no había tiempo, el destino parecía burlarse de ella siempre.
–¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? – parecía que Odín recuperaba un poco el aplomo.
–Trescientos cincuenta años, más o menos – él tragó en seco, no entendía cómo se media el tiempo o qué era un año, Laiha se había tomado la molestia de explicarles repetidas veces eso pero terminaba fracasando estrepitosamente, el concepto no se arraigaba en sus mentes, pero conocía algo de números y la expresión en su rostro le indicaba que era mucho tiempo.
–Con razón me llamabas niño algunas veces – trató de hacer un chiste para suavizar la tensión que se estaba generando entre ellos, pero no sonó gracioso - ¿Qué eras entonces? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que naciste hasta cuando todo empezó a suceder?
–Ya habían pasado muchas lunas desde mi nacimiento cuando sucedió el cambio completo, me tomó unos tres o cuatro años.
–No aparentas tener mucha edad.
–Como la mayoría de nosotros que poseemos la habilidad de no envejecer.
–¿Quieres decir que algunos de ustedes sí envejecen?
–Por supuesto – le respondió – así como algunos humanos también fueron bendecidos con la longevidad pero no son inmortales, esos humanos se contaminaron con La Ruptura y bueno hubo consecuencias.
–¿Hay humanos que son como tú? – preguntó incrédulo.
–No – respondió con paciencia – solo tardan mucho tiempo en envejecer, están aquí para atestiguar lo que está pasando.
–¿Qué clase de consecuencias hubo para nosotros los humanos?
–Bueno, más que nada mutaciones, aunque debo decir que no todos fueron culpa de La Ruptura, la radiación también fue la causa de muchas enfermedades y mutaciones físicas.
–¿Qué es eso que llamas La Ruptura?
–Es eso, una ruptura, algo se rompió en el mundo, entre las barreras que separan este mundo del resto de los mundos.
–¿Resto de los mundos? – parecía desconcertado, no alcanzaba a comprender lo que decía.
–Sí, los otros mundos, de donde provienen esos seres a los que le temen los humanos, de donde provengo yo.
–Pero me acabas de decir que eres humana.
–Nací como una y he vivido cientos de vidas como una, he muerto y nacido de nuevo una y otra vez como humana, solo que guardo dentro de mi alma otro ser, un ser que viene de otro mundo – una parte de él parecía comprender la explicación pero no en su totalidad.
–¿Por qué me cuentas todas estas cosas? Estás demasiado parlanchina, tú no acostumbras a hablar mucho y menos a dar tanta información – le riñó, aquello no le gustaba, le generaba mala espina, se cruzó de brazos y puso cara de disgusto.
–Porque tengo que prevenirte para que tú los prevengas a ellos – ella miró por la ventana, Odín estaba tan absorto en lo que le contaban que no había escuchado a la ciudad que despertaba, los niños corrían por todas partes dando alaridos y riendo, los adultos empezaban a dirigirse a sus respectivas labores que mantenían el orden en sus vidas.
Odín fue uno de los primeros sobrevivientes que había llegado allí, viajaba con su familia en busca de refugio y un lugar seguro en Metrópolis 3 que se encontraba a muchos días de viaje a pie, él y su familia junto a varias familias habían pasado meses yendo a pie para llegar a esa ciudad por la promesa de mejor vida, de seguridad; cuando fueron rechazados muchos desistieron de continuar viajando, si allí no los habían recibido tampoco los iban a recibir en las demás ciudades que vivían bajo domos de protección; ellos estaban contaminados y los guardianes de las murallas se lo habían dicho; solo se quedaron con los bebés y con los niños más pequeños, eran los únicos que podían entrar, habían pasado menos tiempo afuera en aquel mundo hostil.
Él fue rechazado a pesar de tener solo cuatro años, la carencia de su ojo y la cicatriz en su cara sirvió para que no lo dejaran entrar.
Dejaron a todos los infantes que pudieron como el único gesto de amor incondicional que podían dar: librarlos de aquella pesadilla constante que era vivir así, errantes y sin seguridad o alimentos.
Deshicieron el camino andado y llegaron a esas ruinas. Alrededor de cincuenta personas, entre mujeres, hombres y adolescentes, se asentaron en el lugar, personas que no tenían otro sitio a donde ir. Con el tiempo fueron llegando otros, rechazados también por Metrópolis 3, no vivían mucho tiempo, no había gran cosa que pudieran hacer allí, casi todos se enfermaban porque estaban débiles y hambrientos, otros simplemente emprendían el camino de retorno a ningún lugar. Él tenía catorce años cuando Laiha llegó, ella no siguió hacia la Metrópolis como todos esperaban, se quedó allí con ellos.
Ahora él tenía casi cincuenta años y ella estaba exactamente igual al primer día que la conoció, el mismo día en que ella lo dejó inconsciente en el suelo.
–Nunca tuve la oportunidad de ganarte en esa pelea, ¿Verdad? – le dijo con cierta sorna, ella negó mientras sonreía burlona, se movió con mucha rapidez, él se puso de pie de un salto asustado por la reacción de ella, pero Laiha simplemente se puso la capucha de su chaqueta que le cubría el rostro por completo.
Al minuto siguiente, irrumpieron en el lugar varios hombres de aspecto terrible y aparentemente de mal humor, se sentaron en una de las mesas metiendo mucho ruido, dos de ellos se acercaron a la barra; Laiha sabía que sus manos delatarían su género, pero se mantuvo impasible y no se movió.
–¿Qué le sirvo? – rugió Odín al hombre que estaba a su derecha.
–¿Qué tiene en esta pocilga? – le preguntó el otro con altanería.
–Depende de lo que tenga para pagar – gritó detrás de la barra; Laiha sonrío silenciosamente.
–Tengo dinero para pagar – contestó el otro en tono amenazador.
–El dinero no sirve en este lugar, imbécil – respondió Odín burlándose – pero si tiene algo interesante para cambiar, puede que yo tenga algo para beber.
Era costumbre entre los habitantes de Las Ruinas no venderse entre ellos, cada quien aportaba sus habilidades para la supervivencia de todos, poseían una labor especifica de acuerdo a sus capacidades: los que se encargaban de la cocina, los que sembraban y cosechaban, los que mantenían el servicio eléctrico; todo lo repartían de acuerdo a las necesidades de cada familia o grupo, lo mismo pasaba con la ropa y otros objetos; lo que sobraba era intercambiado a los viajeros que a veces se detenían allí cuando iban de camino a las Metrópolis, ellos estaban en el medio del camino más corto y seguro para llegar a ellas.
Ya todos percibían que el ambiente se estaba caldeando y aunque el hombre era bastante grande, Odín lo era mucho más y se veía realmente amenazante con su cara deformada y su ojo faltante.
–Tenemos piedras preciosas - dijo otro en tono conciliador, sacó una pequeña bolsa de su bolsillo y lo lanzó sobre la barra, Odín examinó su contenido mientras el hombre frente a él apretaba las mandíbulas y hacia chirriar los dientes furiosamente; Odín sonrió satisfecho, la mueca no era nada agradable y en opinión de Laiha lo hacía más aterrador.
Sacó de una vieja nevera portátil, que tenía oculta debajo del mostrador, unas botellas grandes y oscuras, se las puso delante al hombre de la barra que aún lo miraba con desdén; tomó las botellas con brusquedad y notó que estaban frías; Odín le dio la espalda y agarró varios vasos altos de peltre, estaban deformes por el uso y el maltrato, el hombre se giró en redondo y deliberadamente tropezó bruscamente con ella.
Odín salió y colocó los vasos en la mesa metiendo mucho ruido, todos tocaban las botellas maravillados por la frialdad de estas.
–Por lo que le pagué debería ofrecernos comida – dijo sonriente el hombre de las piedras.
–Claro que sí señor – gruñó Odín – ¡Narcisa! – rugió – trae algo de comida para los clientes.
Una joven menuda de cabello claro se asomó por la cortina, no tendría más de quince años, sonrió cuando reconoció a Laiha y luego desapareció; se empezaron a escuchar sonidos de ollas poniéndose al fuego y golpes de un cuchillo contra la madera.
Odín regresó a su lugar detrás de la barra y se sentó de nuevo en aquel tosco taburete de madera; Laiha se llevó la copa a los labios y se tomó el último sorbo de vino, Odín se levantó y retiró la copa.
–Espera la comida – le dijo amenazador; ella no había notado que tenía hambre, desde hacía cuatro días no probaba un bocado decente de comida, asintió.
Se alegró internamente, Odín no había cambiado su trato. No solía revelar lo que era porque las personas la rechazaban, no los culpaba por ello; pero vivir como ermitaña podía convertir las noches de desvelos en terribles castigos, el silencio se llenaba de los gritos atronadores de su memoria, de culpas por quienes dejó atrás; por eso de vez en cuando extrañaba conversar con alguien y se obligaba a interactuar con la gente, a pesar de no tener en buena estima a los humanos a veces conseguía gente como Odín, a la que le tomaba algo de cariño y a la que podía llegar a respetar y lograba darle cierta perspectiva del mundo.
No todos los humanos eran débiles.
Pasaron varios minutos y Narcisa salió de nuevo, llevaba varias bandejas que parecían más pesadas de lo que podía cargar, pero aún así no pidió ayuda y Odín tampoco se levantó a ayudarla.
Las dejó sobre la mesa de los hombres que conversaban animadamente y casi a los gritos, las viandas contenían suficiente comida para que todos saciaran su apetito, una tenía trozos de carne humeante, producto de la poca caza que había en el lugar; verduras asadas y una barra de pan oscuro rebanado en pedazos gruesos, entró de nuevo en la cocina y regresó con una olla de caldo espeso y caliente que inundó el lugar con un olor delicioso y del cual les sirvió una buena cucharada a cada uno; volvió tras la cortina y al instante regresó con un plato de vidrio y unos cubiertos muy limpios, los colocó delante de Laiha con cuidado después de haber limpiado la barra con un trapo que llevaba en el bolsillo de su delantal, este desprendía un olor a limpio y mentolado, desapareció de nuevo y volvió casi como una exhalación, sirvió un trozo de carne asada y vegetales guisados y una hogaza de pan blanco que era exclusivo para ellos tres, regresó otra vez tras la cortina llevando la copa de cristal, cuando regresó la traía recién lavada y con un liquido de color amarillo. Laiha olió las naranjas recién exprimidas, las había traído casi una semana antes de ir a ver a los otros; les había obsequiado un saco completo, pequeños contrabandos que obtenía en Metrópolis 3 cuando viajaba con Odín para traficar algunas cosas a cambio de medicinas y a veces algo de agua.
Uno de los hombres emitió un sonoro eructo de satisfacción.
–¿Hay más de esa cerveza fría, cantinero? – gritó uno de ellos.
–Solo si hay más de esas piedras para pagar – respondió bruscamente.
Soltaron palabrotas e improperios por la respuesta, pero uno de ellos sacó una bolsita de cuero y extrajo dos piedras de un tamaño considerable, una verde y otra azul, se las lanzó casi a la cara con evidente intención de golpearlo pero Odín las atajó diestramente, se escucharon risas y gritos de júbilo por la destreza del cantinero; Odín se acercó a la mesa y recogió con sumo cuidado las viejas botellas de vidrio y las guardó en un gabinete, sacó más y se las llevó.
–¿Cómo hacen para que estén frías? – preguntó uno de ellos destapando una y vertiendo la cerveza en el vaso de metal - ¿Tienen electricidad aquí? – hubo un tono inquisitivo en esa pregunta.
–¡Ja! – exclamó Odín con sarcasmo, aquel era el secreto mejor guardado de ese lugar – eso que usted dice no existe… no señor, simplemente las dejo una hora afuera, antes de que amanezca, en la noche este lugar es helado, las temperaturas descienden al punto en que los huevos se te ponen azules, a veces te puede matar enseguida… – Se encogió de hombros restándole importancia – como de día podría usted freír uno de esos huevos sobre una piedra y el sol ni siquiera tiene que estar arriba en el cielo para que se cueza.
Todos rieron, parecían satisfechos con la respuesta grosera que les dio y no mostraron más interés, siguieron bebiendo y conversando animadamente. Tras casi media hora donde se notaban bastante achispados con la bebida, Narcisa salió de nuevo y recogió el plato de Laiha con delicadeza y lo colocó debajo del mostrador; después lo lavaría y los almacenaría atrás con el resto de la vajilla, otro regalo que ella les había hecho.
Se acercó a la mesa a retirar las viandas vacías, la cerveza de Odín era fuerte y pesada; normalmente con una botella era suficiente para una persona, todos los que vivían allí lo sabían y no abusaban demasiado de ella; en cambio los foráneos se saciaban de la fresca bebida para combatir el sofocante calor, lo que traía como consecuencia hombres con una borrachera terrible.
La chica se inclinó sobre la mesa para agarrar una bandeja con restos de vegetales y entonces se escuchó un estruendo.
Todo sucedió demasiado rápido, ni siquiera Odín pudo ver qué pasó, pero se puso de pie ante el movimiento repentino de Laiha; ella se había parado y había tomado con una velocidad impresionante la mano de uno de los hombres, lo jaló del asiento, le torció el brazo tras la espalda y con su mano libre empujó su cabeza contra la barra emitiendo un sonido seco al chocar contra esta; todos se quedaron paralizados y asombrados; Narcisa se irguió asustada pero se mantuvo en su sitio.
–Si le tocas siquiera la tela del delantal a la chica, te arrancaré la mano comenzando por tu dedo meñique… te arrancaré los dedos uno a uno… va a ser despacio y muy… muy doloroso. – la voz de Laiha era suave y aterciopelada casi como si intentara seducirlo, él hombre sintió como el pánico se apoderaba de él ante la amenaza, aquella mujer le tenía el brazo doblado en una posición muy dolorosa y sentía como le aplastaba la cabeza contra la barra con una fuerza descomunal – ¿Entendido?
Laiha había visto como la mano de aquel bastardo se había dirigido al muslo de la chica con intensiones de agarrarla indebidamente. El hombre asintió como pudo, Laiha lo soltó y él salió de su alcance yéndose hacia el extremo contrario del local.
–¿Qué demonios eres tú? – escupió con rabia.
Los demás hombres se levantaron amenazadores tras sobreponerse a la impresión, la borrachera se esfumó en el acto; desenfundaron cuchillos y algunas armas de fuego de corto alcance que empuñaron de modo amenazador.
–Soy la persona que te va dar la mejor paliza de tu vida.
Todos sintieron un escalofrió recorrerles el cuerpo, solo alcanzaban a ver la sonrisa algo maligna de su rostro, el resto permanecía oculto entre las sombras de la capucha. Desprendía una energía densa que les infundía temor, tenía una posición despreocupada y de vez en cuando soltaba una risita cuando alguno de ellos la señalaba con la hoja del cuchillo.
Odín se irguió con toda su estatura, llevaba en la mano un martillo de herrero desproporcionadamente grande, se golpeaba la palma de la mano amenazadoramente mientras escudriñaba la escena, eran solo seis hombres y posiblemente Laiha los sometería antes de que él pudiera salir de detrás de la barra y agarrar a alguno.
Laiha siempre se quedaba con toda la diversión.
–Termina de recoger las cosas – le rugió a Narcisa, ella asintió y recogió todo diligentemente – creo que llegó la hora de retirarse, ya comieron y bebieron lo suficiente.
Los hombres posaron su atención sobre Odín, uno de ellos se atrevió a decir:
–Esta bruja bastarda osó tocar a uno de nosotros, debería enseñarle quién manda a la muy zorra y luego matarla…
–Este miserable intentó tocar a mi hija – Odín rechinó los dientes de rabia y señaló con su martillo al hombre que Laiha había asustado primero y que se escondía detrás de las espaldas de sus amigos – así que si ustedes no quieren salir hechos pedazos es mejor que se vayan – las venas empezaban a marcarse en su cuello, estaba furioso y sabía que si agarraba a alguno de esos hombres lo iba a destrozar con su garrote – porque si los agarro entonces no solo será ella la que los destroce por tocar a MI HIJA.
Hizo énfasis en sus últimas palabras y volvió a blandir su martillo. Pareció que todos llegaron a la misma conclusión y era mejor abandonar el lugar, así que uno a uno fueron saliendo despacio y vigilantes de los movimientos; Laiha simplemente regresó a su puesto y se acomodó en el banquillo alto donde había estado, cuando todos se hubieron ido Narcisa asomó la cabeza por entre la cortina, estaba pálida del susto.
–¿Estás bien? – le preguntó Laiha con suavidad.
Narcisa asintió, se llevó la mano a los labios y le hizo la seña de gracias, se acercó a Odín y le dio un fugaz abrazo que hizo que el semblante del hombre se suavizara notablemente; la chica recogió el plato y los utensilios que había usado para comer y los llevó a la parte de atrás para lavarlos y guardarlos.
–Debes enseñarle a pelear – le dijo Laiha con tono cansado – recuerdo cuando llegó y aquel hijo de perra te la quería cambiar por alcohol – el rostro de él se suavizó aún más. Narcisa era apenas una niña de diez años y Laiha y él la habían rescatado de un imbécil que la trataba como un guiñapo; la llevaron con la mujer que se encargaba de la salud de todos en Las Ruinas y la ayudaron a lavarla, se dejó examinar mientras temblaba de miedo y se aferraba a la mano de Odín con fuerza, durante todo el examen que realizaron ambas mujeres, la niña le lanzaba miradas suplicantes mientras él intentaba sonreírle cariñosamente. Al final descubrieron que no era sorda, pero no podía hablar porque el mal nacido le había arrancado la lengua.
–Ella no es una criatura que tenga esa fuerza – dijo Odín con mal disimulado cariño – ella es dócil y cariñosa, algún día le conseguiré un buen marido y la casaré, por ahora puedo proteger a mi hija sin problemas… tú, por otro lado, deberías irte a descansar.
Odín dijo esto último en un tono que no admitía discusión y Laiha le concedió toda la razón, estaba más cansada de lo que pensaba.
Salió del local y se montó en su moto, durante las horas que había estado en la taberna alguien le había dejado un paquete en el asiento, ella lo aseguró en la parte de atrás y arrancó.
Recorrió las calles rápidamente alejándose de la zona donde vivían los refugiados, zigzagueó entre los escombros hundiéndose más en el silencioso centro.
Se desvió hacia el sur y llegó a una zona poblada de altos edificios, siempre le habían gustado los lugares altos desde donde podía ver casi toda la ciudad; Laiha había descubierto que era un viejo hotel que sobrevivió a todos los embates naturales y todavía guardaba algo de su antiguo esplendor, había una entrada lateral por donde en otros tiempos llegaba la carga, ésta daba a una rampa interna que rodeaba el edificio dándole acceso a cada piso; en los pisos centrales habían salas de conferencias y salones de fiestas, en otros había salones de entretenimiento y casinos.
Había invitado a Odín y Narcisa a vivir allí, pero ellos no aceptaron por más que les explicó que recubriendo bien las paredes podían aislarlas del frío exterior durante las noches. Se sentían seguros bajo tierra, como todos los demás y no lo cambiaban por ningún lujo que pudiesen conseguir allí.
Laiha dejó el paquete sobre una hermosa mesa de patas labradas, su casa era una antigua y enorme suite de varios ambientes, en su cuarto tenía una cama mullida y muchas almohadas, era un lugar cómodo donde ella se sentía tranquila y podía estar segura.
Se despojó de las botas y de la chaqueta, se deslizó sobre la cama lentamente, el agradable olor a canela inundó sus fosas nasales, Narcisa había ido a hacer limpieza y sabía que ella disfrutaba con ese olor. Sonrió ante la delicadeza de la chica.
Observó el techo durante un rato, se distrajo viendo como la luz se filtraba por las vidrios de la ventana y dibujaba formas luminosas en el techo y las paredes, poco a poco fue cayendo en cuenta de la sensación de su cuerpo tensionado y trató de relajarlo lentamente; su mente estaba cansada y parecía desconectarse de su control muy despacio, sin hacer mucho alarde y parecía arrastrarla consigo a la inconsciencia.
No sabía si todo era consecuencia del encuentro con los otros o si toda su energía se había ido explicándole a Odín lo poco que le había dicho.
Estaba extenuada y hacía un esfuerzo sobre humano para no dormir; hacerlo implicaba bajar la guardia y darle pie a que su parte humana perdiera dominio y ella no quería eso, debía continuar como estaba, a mitad de camino entre ambas naturalezas que convivían dentro de su cuerpo.
Pero a veces algo pasaba dentro de ella y debía dormir, se deslizaba despacio y sin defensa a esos mundos esponjosos y sin control que solo eran la entrada a mundos oscuros llenos de espantosas criaturas que la asediaban y ahora podía verlas asomándose entre las sombras de su mente.
Iba a tener pesadillas y no iba poder hacer nada para evitarlas.
Sus ojos se cerraron lentamente y antes de quedarse completamente en la oscuridad de su memoria, cambiaron de color; Laiha viajaría entre sus recuerdos, mucho más atrás de su humanidad, el lugar donde todo había terminado para el Ángel y había empezado para La Condenada.

Ahora sus ojos miraban el cielo estrellado, la familiar mirada celeste llena de tristeza, la mano suave y fría que sostenía la suya con delicadeza, el dolor agónico que jamás había sentido antes y que se propagaba por cada fibra de su cuerpo, la única lágrima que había derramado en toda su existencia que se deslizaba tibia y solitaria por su sien, sintió la dureza de la piedra que sirvió de ara para su ejecución y su último aliento que la enterró en la oscuridad.